No son familia porque no compartimos lazos de sangre, no son amigos, porque no aprobaron la prueba del tiempo, son seres humanos que aparecieron en mi vida, me hicieron un bien extraordinario y desaparecieron sin dejar huella...Si ellos no hubieran estado allí, yo no estaría aquí... son ANGELES EN EL CAMINO.
Uno a uno iré contando las historia.
EL CHOCO URBINA
Para la segunda mitad de septiembre de 1983, yo estaba viviendo mi vida en tiempo pasado, es decir, después de los secuestros de mis amigos y compañeros Pedro Flores y Hugo Carrillo, todo mundo pensaba que solo era cosa de días, si no horas, para que yo cayera.
Fuera de los miembros de mi familia y unos paquísimos amigos, nadie quería saber nada de mí. Todos me desconocieron, si me veían esquivaban encontrarse conmigo, y menos que se iban a atrever a hablarme o salir conmigo. No resiento para nada su actitud, aquella era una época en la que los escuadrones de la muerte no atinaban, no los culpo, yo quizás, pero solo quizás, hubiera hecho lo mismo.
Un encuentro providencial en Metrocentro con el Choco Jorge Urbina cambió mi vida para siempre. Yo platicaba con una estudiante de la Universidad quien me daba un reporte de lo que pasaba la Casa de Estudios en los días posteriores al secuestro de Pedro, y lo importante que era que yo dejara de llegar por un tiempo al lugar pues el ambiente estaba tenso, estábamos en el restaurante Mr. Donuts del lado del Boulevard Los Héroes.
El Choco Urbina era un reconocido líder estudiantil muy comprometido con la causa popular con quien yo tenía un contacto tangencial en el Departamento de Ciencias Políticas de la Facultad de Derecho, tiene un gran ingenio que adorna con un humor cáustico que te hace reír, pero que si te agarra de maje también te hace llorar. En la actualidad es un buen abogado que aunque pasa en un perfil bajo, siempre está involucrado en Organizaciones gremiales.
Los restaurantes Mr Donuts tienen paredes de vidrio, de manera que todo el mundo está expuesto a las miradas tanto de afuera como de adentro de los mismos. Así las cosas, mientras conversábamos con Dinora, que así se llamaba la estudiante, una figura masculina sonó con los nudillos de los dedos el vidrio desde afuera (demás está decir que en ese momento me dieron unas horrorosas ganas de cagar, que llegan hasta ahorita que me acuerdo☺), al volver la mirada advertí que era el Choco Urbina quien me dio un saludo agitando la mano y al mismo tiempo me hizo una señal para hablar conmigo. De inmediato me disculpé por un momento con Dinora y me fui a otra mesa a platicar con el Choco quien con su característico humor cáustico me saludó con un lapidario:
- ¿Ya sabías que te quieren matar hijueputa?
-Se me había olvidado, gracias por acordarme cabrón. Le respondí con mal disimulado agüite.
Luego de oír mi información sobre los últimos días en la U, y lo yuca que había cambiado mi vida, pasó a decirme:
-Yo te voy a ayudar, ¿Te preferís ir pa'l monte o al exterior?
Sabiendo lo bromista que es el Choco le expresé:
-No me estás tomando el pelo veá cabrón.
Su respuesta:
-No jodás, ahorita no estamos para bromas! ¿Para dónde te querés ir?
-Por supuesto que para el exterior.
-Vergón, necesitamos un representante en Canadá (se refería a una ONG salvadoreña)
-Bueno, ¿Entonces para cuándo sería la salida?
-Para ya, cabrón, el lunes te vas para México para sacarte lo más pronto posible de aquí, y en México tramitamos la documentación para viajar a Canadá. Aquél era día viernes.
-Y cómo hago si yo no tengo pasaporte.
-Ah quijueputa! Hablando mierdas y ni siquiera pasaporte para un caquiado tenés.
Me puso doscientos pesos en la mesa y me dijo:
-Andá sacá esa mierda y me contactás en este número cuando ya lo tengás.
En aquel momento advertí cuán serio estaba el Choco con su propuesta que por otra parte salvaba mi vida, nos despedimos no sin antes haber oído la última joya cáustica del Choco:
-Andate donde la chamaca porque no me quiero dar más color con vos cabrón.
Regresé donde Dinora y nos despedimos.
Aquel encuentro providencial con el Lic. Jorge Urbina fue el primer paso hacia un giro de ciento ochenta grados. No dudé que en el Choco estaba la presencia del mismo Dios en mi vida.
PEDRO FLORES PEÑA
Facultad de Derecho en el exilio, Pedro y yo posamos con dos compañeras de la Facultad.Era poeta, parece broma pero cuando nos conocimos yo ya lo conocía a él, él a mi, no.
Y es que nadie que a principios de los ochenta hubiera estado involucrado en la carrera de derecho o trabajando en el sistema de justicia de El Salvador, pudiera decir que no conocía a Pedro Flores. Para ser más justos debo agregar que todo el que le conocía lo admiraba y respetaba a aquel líder estudiantil y también líder de los trabajadores de los Juzgados, que apariencia de líder era lo que menos tenía. Sin embargo todo el mundo sentía la esperanza para reivindicar sus derechos al nomás ver que aparecía Pedro en la palestra.
Era flaco, de estatura media, cara de niño y de mirada limpia que cuando te la dirigía sentías que penetraba en lugares recónditos de tu alma. Era de los poquísimos salvadoreños que en mi vida he conocido, que cuando hablaba contigo te miraba fijamente a los ojos, sencillo en el vestir pero siempre andaba pulcramente limpio; amaba a las mujeres y particularmente amaba dos mujeres que vivían en su corazón más que su arteria aorta: su esposa Ruthdey y su hija Dulcinea.
De inteligencia preclara, estudiaba derecho pero escribía poesía, los versos fluían de su mente como agua de un río. Hablar con Pedro por cinco minutos era suficiente para querer ser como él. Tenía una alma transparente que estoy seguro olía a pureza.Pero aquella alma también odiaba, odiaba la injusticia y adiaba la opresión con todo su corazón y a pesar de su naturaleza frágil, Pedro no conocía el miedo y denunciaba la injusticia desde el techo de su casa en un época en la que los cobardes no nos atrevíamos ni a mencionar la palabra injusticia ni debajo de la cama.Cuando sentí la necesidad de incorporarme tímidamente a la lucha del pueblo salvadoreño, hablé con un compañero quien de inmediato hizo arreglos para mi iniciación.
Días más tarde me dijo que ya estaba el contacto, que era un hombre con quien nos encontraríamos en una cafetería cercana al parque Cuscatlán, que iba a estar leyendo una revista Selecciones del Reader's Digest y se iba a estar tomando una Coca Cola; que yo tendría que llevar mi reloj en la muñeca derecha y una corbata aflojada en el pescuezo, y que cuando yo entrara a la cafetería también pidiera una Coca Cola y él me iba a saludar con un seudónimo que yo había escogido de antemano.
Pues se llegó el famoso día y dicho y hecho, al entrar a la cafetería vi nada menos que a Pedro Flores leyendo una Selecciones ("puta, qué desconocido el que me mandaron", pensé para mi coleto, "poco faltó que me mandaran a Fidel Castro"), solo había una pequeña discrepancia: que no estaba tomando Coca Cola, sino una Uva, y la disciplina mandaba que con una de las señas que faltara, que ya no hiciéramos el contacto: Pues al entrar al cafetín, pedí una Coca Cola, por respuesta el empleado me dijo "En este momento se nos han terminado las Cocas caballero", acto seguido, pedí una Uva, a ello siguió el saludo de "Pablo", que era Pedro.
Tiempo más tarde me diría que le había impresionado mi inmediata reacción al no haber encontrado la Coca y pedir una Uva. Viniendo de Pedro aquel era un gran cumplido.
A partir de aquel momento iniciamos una estrecha relación que de compañeros de clandestinidad pronto pasó a franca amistad. Rompimos todos los códigos de seguridad que se requería en aquellos días, nos visistábamos en nuestras casas, entablamos amistad con las familias y salíamos a todos lados, ya fuera en excursiones familiares o después de una reunión clandestina a conversar en un café o en una pupusería.
Los dos conseguimos trabajo de instructores de Historia de las Doctrinas Plíticas en la Facultad de Derecho de la Universidad de El Salvador.
La amistad de Pedro fue de esas que hacen cambiar la vida misma, él me demostró cuán errado estaba en muchas percepciones y actitudes estúpidas que en aquellos días me caracterizaban, por ejemplo yo tenía siete años de vivir con mi mujer, ya le había clavado mis tres hijos y no me había casado con ella, la razón: quería andarla haciendo de soltero jodiendo con otras mujeres.
-¡Púchica (Pedro no era malcriado) compañero, cómo es posible que no les des tu apellido a una mujer tan bella y virtuosa y que unos niños tan lindos no sean legítimos! -
El 24 de diciembre de 1981, me estaba casando con mi bella vieja y legitimando a mis tres gorilitas.

Otra: hacía dos años yo había egresado de la Facultad y no me sometía a los exámenes privados por estar esperando que egresaran otros compañeros y estudiar juntos.
-Púchica Alfredo, ya perdiste dos años preciosos y no te examinás. Quiere decir que si esos babosos no egresan nunca, tú (Pedro tuteaba) te vas a quedar a tinterillo.
A los días me estaba preparando para los privados y el 25 de junio de 1983 me estaba graduando de licenciado en Ciencias Jurídicas.
Con mi graduación vino mi promoción en la Universidad, de instructor a catedrático titular, todo gracias a Pedro.Un día apareció una amenza a muerte de un grupo paramilitar escuadronero infiltrado en la Universidad, la nota iba dirigida a 4 profesores incluídos Pedro y yo. Nos decían que si no dejábamos de dar nuestras "clases subversivas" y dejábamos la Universidad, que nos atuviéramos a las consecuencias. Luego de un breve análisis llegamos a la conclusión que seguramente era mara que quería nuestras posiciones en la U la que había escrito la nota, ¡Gravísimo error!
El 13 de septiembre de 1983, antes de entrar a mi clase de las 5:00 pm, Pedro se acercó a mí para decirme que no me esperaría para que lo llevara a su casa porque iba a ir a recoger a Ruthdey a la Facultad de Humanidades. Media hora más tarde explotó la noticia en la Facultad, Pedro Flores había sido secuestrado a pocas cuadras de la Universidad por un grupo de hombres fuertemente armados que se acercaron a él, le preguntaron su nombre, lo tomaron por la fuerza tirándolo de bruces sobre la cama de un pick up, llevándoselo con rumbo desconocido. La clase la suspendí en el acto, desde aquel momento todo fue diferente.
Al día siguiente fue secuestrado el otro de los 4 cuatro compañeros mencionados en la fatídica nota. A Hugo Carrillo le fue peor porque a él lo secuestraron frente a la angustiada mirada de su esposa e hijos.
Yo salí del país en octubre de ese mismo año.
En noviembre fue secuestrado el cuarto compañero, el Chele Aguirre, fue sacado a punta de ametralladora de la misma facultad de derecho.
Como miles de desaparecidos, jamás volvimos a ver a mi querido amigo Pedro ni a los otros dos compañeros.
Pedro Flores Peña, su nombre era una mezcla de de fuerza (Pedro significa piedra), delicadeza (Flores) y determinación a luchar contra la injusticia y opresión (Peña).
Fueron dos años de amistad que enrumbaron mi vida por un derrotero nunca imaginado. Nunca terminaré de agradecer a Dios por haberme dado el privilegio de ser amigo de Pedrito.
Hoy que conmemoramos un aniversario más del asesinato de Monseñor Romero, es el día apropiado para recordar a quien también ofrendó su vida en aras de un pueblo con justicia y dignidad.
Donde quiera que estés hermanito, gracias por el hombre que ayudaste a forjar con tu valiosísima amistad. UN TAXISTA: SAN SALVADOR, DICIEMBRE DE 1972
Miércoles 6 de diciembre de 1972, más o menos a las cinco y media de la tarde nos encontramos con el Chato (QEPD) en la tienda Paty de la Urbanización Bello Horizonte, frente a la colonia Las Colinas de Mejicanos. Me invita a echarnos las Regias y yo acepto. Ya picados nos vamos para la Praviana, el lugar más escabroso de San Salvador en aquellos días. En el sector el bar El Faro, un chupadero de mala muerte que se localizaba en la esquina opuesta a la Lotería Nacional, era el antro dominante, allí los, matarifes, los ladrones, y los homosexuales de más baja calaña eran los reyes después de las diez de la noche.
Al principio no me gustó mucho el lupanar, la bulla de combos con músicos de micrófonos a volumen ensordecedor, los gritos de la mara y el ambiente humeante y pesado del bajo mundo me incomodó sobremanera, pero después de cinco cervezas más entre pecho y espalda, no podía haber lugar más perfecto para la francachela y la jodarria.
A eso de las doce de la noche, quizás la una de la madrugada, cuando ya yo estaba más borracho que un cuero de cosaco, algo le hice o dije a un homosexual que despertó la furia de su chivo quien andaba con una pacotilla de malandros que con solo verles la cara causaban espanto.
Qué se había hecho el Chato en aquellos momento, Dios lo sabrá. Tiempo más tarde me contaba que tempramo me perdió, tomó un taxi y se regresó a su casa.
El tipo me tomó de la muñeca fuertemente y espetó en mi cara una puteada, yo en un acto de autdefensa, al verme sostenido de mi brazo, con la mano que tenía libre le dejé ir un putazo en todo lo que se llama hocico que lo hizo recular una cuatro mesas y caer patas arriba frente al asombro, morbo y curiosidad de la clientela y se armó el desvergue.
Sabiéndome en absoluta desventaja puse pie en polvorosa que no me hubiera alcanzado ni el correcaminos; los compinches del bandido me siguieron, quella jauría corrió detrás de mí con un encono que aún hoy, treintay cinco años más tarde, me eriza la piel con solo pensar qué me hubiera pasado si me ponen la mano encima.
Corrí en dirección del teatro Nacional y cuando casi alcanzaba la esquina de lo que hoy es la Avenida Monseñor Romero, a la altura del teatro Nacional, un tipo desconocido me detubo en seco reducéndome con un abrazo del oso y me tiró en el asiento trasero de un taxi. En aquel momento un escalofrío recorrió mi cuerpo de norte a sur y sentí que la muerte era el siguiente paso, pero no. Fue tirándome en el asiento del carro y él subiendo exclamando: "Véngase mano, si esos hijos de puta lo agarrán de seguro lo van a matar", dio vuelta en U y me preguntó dónde vivía...
Aún tengo vivas aquellas imágenes acostado y llorando agradeciéndole a a quel hombre el haberme salvado la vida y diciéndole que en ese momento yo no tenía pisto, pero que pasara mañana a las diez u once para que le pagara la carrera. "No se preocupe por eso hombre" me repetía una y otra vez.
Nunca le vi la cara, bueno que mi grado de etilismo era tal que aunque le hubiera visto la cara, nunca lo hubiera recordado, nunca regresó a casa para que le pagara la carrera, nunca supe quién era, pero el tiempo me dijo su esencia, aquel no era un hombre...era un angel en el camino.